Iba pasando el tiempo mientras la niña crecía cada vez más.
Su padre la enseñaba a cazar, a pescar, a trepar árboles, robarle a ladrones y defenderse de abusadores que hacían y deshacían donde fuera que habitaran.
Creció convirtiéndose en una persona que era considerada grandiosa, pero que sabía diferenciar el bien del mal y trataba de hacer lo correcto dentro de lo que cabía. No era una gran época donde se pudiese hacer mucho por los pensamientos de las personas, pero ella, trataba de encajar y enseñar las cosas buenas que aprendía.
Cuando conocía a cualquier otro niño o persona que necesitaba ayuda, ella se la brindaba. Buscaba la forma de poder ayudar o prestar apoyo. A veces unas palabras alentadoras eran más que suficientes para que muchos se levantaran y animaran a seguir adelante, o por lo menos a intentarlo.
Se volvió muy querida, por su destreza y desenvolvimiento en un mundo que ni siquiera comenzaba a avanzar, donde todo se trataba de cazar y matarse los unos a los otros.
—Julmeis, es momento de huir —le había dicho su padre cuando apenas y tenía un metro de estatura, pues, fue la primera vez que los Serafines los encontraron.
La siguiente vez en decir esas palabras ella ya había crecido un poco más, pasaron casi seiscientos días y noches en un pequeño lugar donde había tan solo seis chozas. La niña tuvo su primer amor y primera decepción aquella vez.
Luego, volvió a escuchar esas palabras siendo ya una adolescente, donde terminaron escondiéndose en una cueva cubierta de moho y humedad, ya que se encontraba por debajo de una cascada.
No habían vuelto a saber de ellos.
Se habían alejado por completo de la civilización, y, viviendo solamente ellos dos, era mucho menos probable que los llegaran a encontrar.
Llevaban mil trescientos días viviendo en ese lugar, pero, como era de esperarse, un día, ocurrió lo inevitable: —¡Julmeis huye! —la chica escuchó el grito de su padre y frunció el ceño saliendo de la cueva con mucha suspicacia, pero todo lo que encontró, fue a su padre degollado y a un hombre con orejas puntiagudas limpiando una de sus uñas largas con la que había asesinado a su padre.
Ella gritó, y contrario a lo que le pidió su padre, Julmeis corrió hasta arrodillarse frente a él y tomar su cuerpo inerte de expresiones y emociones. Ya se había ido.
—¡¿Por qué?! —ella se levantó y caminó hacia la criatura extraña frente a ella —. ¡Eres una bestia! —le gritó.
—Es curioso que me llames así cuando la bestia a la que hay que matar es a ti —respondió él con una voz rasposa.
Él planeaba acercarse a ella cuando ocurrió: el cielo comenzó a cambiar y la tierra a temblar. Los pájaros huyeron de los árboles y el viento se elevaba cada vez más haciendo pequeños remolinos que iban creciendo cada vez con más fuerza. El llanto de la chica se volvió peor con el paso del tiempo. Miles de pensamientos llovían en su mente, y, no. No eran pensamientos. Eran deseos. Y en medio de esos deseos, la voz de su madre se alzó como un eco, mientras se pronunciaban las palabras de la mujer cuando estaba dando a luz y le pedía clemencia y ayuda al cielo, ayuda que luego de muchísimos años, el cielo le estaba otorgando.
—Maldición —murmuró el Serafín que había asesinado al padre de la chica después de ser golpeado por una gran oleada de viento hacia atrás, haciendo a su espalda pegar contra un árbol.
—Eres un idiota —murmuró otro de ojos azules y cabello rubio —. Tenías que matarla sin causar ningún tipo de emoción en ella para que no despertara su poder —le reprochó.
Ambos miraron fijamente hacia el frente y tragaron saliva con fuerza al mirar el torbellino que se formaba alrededor de la chica, como si de una capa protectora se tratara.
En el cielo, el sol y la luna se unían, al principio eso no llamó tanto la atención de los Serafines, pero luego, se dieron cuenta de que eso no era normal.
Otra voz espeluznante y desconocida se hizo presente, y supieron que este era el comienzo del fin:
—En lo profundo de tu alma yace un gran poder y una enorme bondad. Tú con todos podrás acabar, pero buena nunca más serás. El Eclipse los matará a todos. Los Serafines dejarán de existir, a cambio, el eclipse quiere tu pureza, quiere tu poder, este se dividirá y esas cinco almas, de tu venganza se encargarán. Una vez el trabajo esté listo, podrás regresar en forma humana, siempre y cuando esas cinco almas, sigan el camino correcto, siendo tan puros como tú lo fuiste mientras vivías.
Como pudo, Julmeis miró a los Serafines través de esa capa de viento que se formaba a su alrededor. Ellos debían pagar. Su padre no merecía morir de esa manera. Era un gran hombre.
Su llanto se hizo más fuerte y enfurecido.
El Eclipse que se formaba en el cielo pasó de ser de color amarillo a un azul oscuro.
—Amarillo por los nuevos días que vendrán, mientras esas cinco almas buscan su bondad, tú con el Eclipse segura estarás.
—Amarillo... —susurró ella dejando de mirar al asesino de su padre para mirar ese Eclipse con el que ellos se encontraban hipnotizados.
—Azul siniestro, porque todos tienen un poco de maldad dentro, pero confiamos en que tu pureza es más grande que sus malezas.
—Azul...
El Eclipse ahora tomaba un color verde y luego pasaba al rojo, deteniéndose en este.
—Verde porque la naturaleza necesita líderes que cuiden de ella...
—Verde... —murmuró encantada con cada color que rodeaba al gran Eclipse.
—Y rojo, por la sangre de los Serafines, quienes dejarán de existir en cuanto tu decidas ser el Eclipse.
—Rojo...
—Acepta ser el Eclipse, acepta ser la dueña de esos cinco seres que pueden destruir a todos los Serafines, acepta tener tu venganza y ser quien tiene el poder de decidir.
Entonces la chica finalmente lo vio, él estaba escondido detrás del árbol, pero no podía detenerse a preguntarse quien era, y sinceramente, tampoco le importaba.
—Acepto —murmuró levantándose y comenzando a caminar.
De un momento a otro... desapareció.
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