—No vas a lograrlo —aquel hombre de ojos llameantes como el
sol explosivo estiró su espada forjada en hierro, dada por un extraño serafín
que apareció de la nada y se la entregó recalcándole que esta era su misión —.
No las salvarás. Debo asesinarlas antes de que nazca, y para hacerlo, también
debo matar a la mujer a la que amas.
Eran tiempo difíciles, todo lo que se veía eran guerras por
todos lados, hombres con tropas buscando colonizar tierras donde montaban
improvisadas carpas. No había templos, ni grandes chozas o aldeas, aún las
personas aprendían a comunicarse, o buscar soluciones para su día a día. Trataban
de subsistir.
—Eras una buena persona..., ¿qué fue lo que te ocurrió?
—Denton decía mientras retrocedía. Él no quería lastimar a Jacinto, ese ser con
el que había estado desde pequeño corriendo por desiertos y bosques mientras se
ayudaban el uno al otro a combatir el mundo de animales peligrosos y buscaban
refugios, cuevas, pequeños cerros donde esconderse de otros humanos crueles que
mataban sin piedad y se comían entre ellos —. ¿Por qué le quieres hacer daño a
quien lleva a un ser con mi sangre en ella?
—Porque así debe ser —Jacinto repetía lo mismo que había
estado diciendo todas las veces anteriores —. Los Serafines vieron el futuro,
ellos lo saben, y me han nombrado un Cazador de Bestias.
—¿Qué es lo que saben? ¿Quiénes son ellos?
—Ese ser en su vientre, no es más que una maldición para
este desconocido mundo —exclamó—. Y yo, no puedo permitirlo.
La mujer gritaba detrás de ellos adolorida mientras apretaba
su bajo vientre sintiendo dolores. Iba a nacer. Su hijo o hija vendría al mundo
y ya un lunático en el que siempre habían confiado quería asesinarlo.
—No les harás daño. Tendrás que matarme para llegar hasta
ella. — Sentenció Denton estirando esa espada que un día le robó a un hombre
que vivía escondido en las colinas y robaba a todo el que pasara por allí. Fue
allí cuando nació el dicho de ladrón que roba a ladrón...
—Invoco la fuerza de todos los Serafines y que me den el
poder suficiente para acabar contigo. Por voluntad propia no puedo hacerlo,
pero en el fondo de mi ser tengo en claro que esto es lo que debe ocurrir —
suspiró y le dio una cálida mirada —. Lo siento, viejo amigo —terminó por
murmurar y fue allí cuando todo cambió.
El suelo se estremeció en cuanto Jacinto corrió en la
búsqueda del otro hombre.
—¡No! —la chica no paraba de gritar tratando de hacerlos
entrar en razón y a su vez de tratar de mantener a su hijo dentro de ella.
Necesitaba llegar al rio, así que como pudo se levantó y comenzó a caminar
hasta allí.
Denton intentaba mantener a Jacinto a raya. Lo atacaba con
su espada, pero no habría imaginado ni en mil años que su amigo había obtenido
un gran poder al ser nombrado Cazador de Bestias, pues, quien era nombrado de
esta manera debía tener la fuerza suficiente como para poder derrotar a
absolutamente todos los seres sobrenaturales, mejores conocidos como Bestias.
Denton luchó con toda su fuerza, de hecho, trató de empujar
a su viejo amigo por un gran barranco que se encontraba del lado contrario del
rio, pero era inútil, su compañero lo empujaba con mucha facilidad, era un
experto manejando la espada, y, por si fuera poco, sabía exactamente qué tipo
de ataques realizaría, ya que ambos habían practicado desde muy pequeños.
No pasaron más de cinco minutos cuando ya Merlina, la mujer,
se encontraba sumergida en un pequeño pozo que estaba al lado del rio. Ella
tomaba profundas respiraciones y en ningún momento dejó de mirar al cielo
pidiéndole piedad, pidiéndole que todo ya terminara.
Jacinto terminó por quitarle la espada a Denton, quien supo
que era su fin, pero ocurrió algo inesperado; Jacinto también lanzo su espada
al piso, confiado en que no la necesitaba para acabar con su mejor amigo y
luego ir por la mujer y la niña o niño que aún estaba en su vientre. Y sí, él
logró desestabilizar y hacer desmayar a su amigo con tan solo dos golpes.
Empujó el cuerpo de Denton con su pie hasta dejarlo en el borde del barranco.
Ambos miraron sus ojos, pero eso no fue suficiente para Jacinto dejar vivo a su
amigo, por lo que dándole un último empujón lo hizo rodar.
El hombre se tomó su tiempo caminando con suma lentitud
hacia la mujer que ahora lloraba por haber presenciado todo lo que había había
hecho. Apretaba su vientre con fuerza y miedo de que algo le pudiese pasar a la
persona que llevaba allí dentro.
Cuando Jacinto llegó, lo primero que dijo fue: —Lo lamento,
debo hacerlo.
—No debes, él era tu mejor amigo.
Justo después de decir eso, ella desvió un poco su mirada y
sus esperanzas regresaron. Jacinto lo sabía. Sabía que Denton se encontraba
detrás de él y no hizo nada por salvarse a sí mismo, solo le interesaba cumplir
su misión.
Ambos atacaron al mismo tiempo.
Denton atacó a Jálelo con su espada clavándosela desde su
espalda en su corazón, y, Jacinto, a su vez, enterró una pequeña estaca en el
vientre de Merlina, quien gritó mientras la vida se iba de ella.
Jacinto cayó dando pequeños espasmos en el suelo mientras
fallecía y Denton corrió hacia su amada, quien yacía sin vida. Sin embargo,
había ocurrido algo que ninguno había previsto.
Un pequeño ser se alzó en el agua y su padre tuvo que tomarla
con rapidez para que no volviera a hundirse y se ahogara.
El hombre lloró, lamentando todo lo que había ocurrido
porque en un solo día había perdido a dos seres muy importantes para él, pero
también sonrió un poco mientras pegaba a quien ahora notaba que sería una niña
de su pecho, pues, había logrado salir del vientre de su madre antes de que
ella fuese apuñalada.
—Yo te protegeré —le susurró a la bebé, resguardándola entre
sus brazos.
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